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Enseñar>>La persona
"Vencer a la Vejez"
Jorge Bisbe, filósofo barcelonés, expone en "Vencer a la Vejez" su pensamiento sobre cómo afrontar esta nueva etapa. "La vejez no es una enfermedad pero tenemos que luchar contra ella como si lo fuera. Y ¡podemos vencerla!" afirma en la presentación de su obra.
Su libro, que puede adquirise a través de su página web http://www.sitio. de/Vencer_a_la_vejez/ , cuenta con el prólogo de Antonio Aróstegui, Catedrático de Filosofía. Imposible dejar de compartirlo con vosotros/ras.
Prólogo de A. Aróstegui
"Pugnandum tanquam contra morbum, sic contra senectutem". Cicerón, "De senectute", XI, 35
Hay que luchar contra la vejez, igual que contra la enfermedad.
Recordando el clásico autor latino, digo que soy un anciano, y que nada referente a la ancianidad me es ajeno; de ahí mi interés por esta obra de Jordi Bisbe donde, desde el título, se enfrenta abiertamente con el hecho inevitable de su propio envejecimiento. Reflexivamente, objetivamente, considera la situación de esa edad en todas sus dimensiones y circunstancias: personales, familiares, sociales, ambientales, políticas económicas, lúdicas… Muchas cosas hay en este libro acerca de la vejez, menos eso que considero la más grave dolencia moral que aqueja a tantos y tantos jubilados: la resignación. Mi amigo Paco Montes, general jurídico, era uno de ellos:
-"Convéncete, Antonio - me decía -, los jubilados somos como bombillas fundidas".
Ni yo me convencía ni, a pesar de mi esfuerzo, logré convencerlo de lo contrario. Y se explica, porque hay muchos jubilados que piensan así, que se resignan, que han tirado la toalla ante las posibilidades de acción y reacción que este última etapa de la vida nos ofrece. Recuerdo a un anciano, más o menos de mi quinta, con el que coincidí varias veces en el kiosko de la prensa. Siempre, empujando el cochecito de su nieto. Me acerqué a él:
-- "¿Qué ejerciendo de abuelo?"
-- "Para eso hemos quedado, me contestó con un dejo de amargura".
Y eso es lo más triste, que nos resignamos a ser lo que los demás pretenden que seamos, "bombillas fundidas". No es nada nuevo. También en tiempos de Roma, como hoy, se reprochaba a los ancianos el hecho de serlo aun cuando, a través del Consejo de Ancianos, ejercían una función pública eminente. El Senado, que así se llamaba ese Consejo, toma precisamente su nombre de ellos. Senatus viene de senex, anciano, viejo.
Cicerón, en su obra "Sobre la vejez", sale al paso de esos reproches. Exactamente igual que hoy, también en aquellos tiempos se tachaba a la vejez de estar incapacitada para la vida activa, a lo cual respondía Cicerón, como pudiéramos hacerlo nosotros, que numerosos ancianos siguen desplegando a sus años una actividad sorprendente, superior en tantos casos a la de muchos jóvenes. Contra los que menospreciaban a la vejez porque priva de los placeres, replica que no todos los placeres del hombre son carnales, que aun de estos siguen gozando muchos viejos, y que los placeres del espíritu son más duraderos que los otros. Y contra los que sostienen que la vejez debilita las fuerzas físicas arguye Cicerón varias razones: que hay numerosos ancianos en plena forma; que la actividad humana no se reduce al esfuerzo físico; y que el ejercicio y la templanza permiten conservar en parte el vigor juvenil porque se puede luchar contra la vejez igual que se lucha contra la enfermedad.
En esta línea ciceroniana, con notables aportaciones, se sitúa este libro. En él, Bisbe asume el hecho de su vejez pero no se resigna a ella ni, como Cicerón, trata de justificarla. La da por justificada y, partiendo de esa base, incita a asumirla no pasiva sino activamente, desplegando toda la actividad para la que aun estamos capacitados: "ya no podemos enmendar las páginas escritas de nuestra vida pero debemos intentar, además de conseguir unos años gratificantes, realizarnos al máximo nivel como personas".
En consecuencia, promueve esa realización con espíritu de combate, en lucha "contra el envejecimiento", en lucha por la dignidad y el respeto que merecemos. Frente a lo que generalmente sucede, Bisbe tiene plena conciencia de nuestro poder. De un poder que no se reduce a simple deseo o mera ilusión porque es una realidad, tan visible y palpable, que bien la tienen en cuenta los políticos. Recordaréis cómo, en tiempo de elecciones, intentan por todos los medios poner nuestro poder a su servicio. Recordaréis con qué afecto nos visitan, con qué cariño nos hablan, con cuantos halagos y promesas buscan nuestros votos para después, pasado el período electoral, si te vi no me acuerdo.
Y todo eso lo hacen con un talante paternalista y conmiserativo que a veces no deja de ser humillante. Lo peor es que muchos de nosotros sufrimos sin protesta esa humillación y hasta la aplaudimos. Como si la concesión o el incremento de nuestras pensiones fuera un favor que los políticos nos dispensan, y no un derecho que hemos ganado a pulso durante no sé cuántos años de cotización. Debieran recordar estos políticos que si hoy ellos están ahí, si son lo que son y pueden hacer esas promesas, se debe a nuestro trabajo de ayer, a nuestras ilusiones de ayer, a las desventuras que en otro tiempo padecimos y a los problemas que entonces hubimos de afrontar.
Se explica que, en este libro, Jordi Bisbe llame a los ancianos a la insumisión, aunque en modo alguno sea un agitador social. Antes que eso, y sobre todo, pretende despertar en ellos la confianza en sí mismos y el sentimiento de autoestima, abrirles nuevos horizontes, devolver la ilusión y la esperanza a quienes la perdieron.
Antonio Aróstegui Doctor y Catedrático de Filosofía
Texto cedido por la página Web de Jorge Bisbe, Vencer a la Vejez
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